De cuando respiramos la naturaleza

Dentro del argot mexicano es común escuchar la frase “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”, indicando que de las “buenas” compañías se pueden obtener beneficios. Pero también podríamos tomarnos este dicho de forma literal, ya que existen varios ecosistemas que nos traen beneficios. Por ejemplo, sabemos que las áreas verdes contribuyen a la absorción del carbono, reduciendo así las emisiones de CO2  (aunque no son los únicos ecosistemas que lo hacen). Por otro lado, varios estudios se han enfocado en evaluar cómo estar en contacto con la naturaleza puede ayudar a reducir problemas físicos y mentales, especialmente en ambientes urbanos. 

Aun así, en nuestro andar cotidiano no siempre ponemos atención a las diferentes relaciones sensitivas que tenemos con los organismos vivos. Es por ello que resalta este estudio realizado por investigadores provenientes de universidades suecas y estadounidenses, quienes encontraron no sólo que las áreas verdes, como los parques y bosques, disminuyen el estrés de las personas frente a los entornos urbanos; sino que además, que son los estímulos olfativos los que más permean como inhibidores de tensión psicológica que los auditivos y visuales.

Detengámonos un momento en esto, ¿alguna vez te has puesto a pensar sobre los olores que te acompañan durante los diversos entornos de tu cotidianidad? En ciudades tan grandes como la Ciudad de México resulta más evidente percibir el tufo de la cañería o la orina de las mascotas que el olor de las jacarandas o el fresno. Y si ahora te estás preguntando si el fresno tiene aroma, probablemente no lo recuerdes porque en ocasiones es más sencillo percatarnos de la presencia del smog de los automóviles que el determinado olor de la corteza de estos árboles.

Una de las ventajas de los instrumentos tecnológicos es que nos permiten, de manera virtual, conocer espacios lejanos a nosotros. Por ejemplo, por medio de este video podemos sentir como si estuviéramos en una caminata en el Parque Nacional del Manu en Perú y percartarnos de la composición del lugar (el clima, las plantas y los animales). Incluso escuchamos lo que se encuentra a su alrededor. Sin embargo, es evidente que no logramos una percepción directa, ya que aun estamos lejos de poder olfatear los olores de ese bosque, y aun más de tener una posible vivencia táctil.

Investigaciones como las referidas, deberían influir en el diseño de los espacios urbanos, en cuanto a evitar pasar por alto la vivencia sensorial con áreas naturales. Es evidente que gran parte de la industria dedicada a la construcción simplemente se centra en tratar de hacer las edificaciones visualmente atractivas, sin contemplar cómo otros sentidos pueden tener un impacto en nuestra relación con la naturaleza.

En nuestra vida ajetreada de hoy en día, regularmente dejamos de lado la experiencia corpórea que tenemos día a día con los animales, plantas y árboles. Así que la próxima vez que salgas a la calle, toma nota de los elementos que captan tus sentidos, no importa si es el aroma a aceite quemado del comal de las gorditas, el gorjeo de las palomas o ver las gotas de la lluvia desaparecer en el cálido asfalto ¿cuál es su papel en las sensaciones y sentimientos en tu cuerpo? Tal vez poniendo más atención a estos detalles, le demos más importancia a esas áreas y hagamos un esfuerzo para conservarlas, para así seguir sintiéndonos cobijados bajo está sombra de árbol que nos vuelve seres humanos y naturaleza.

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