¿La pirotecnia es de «nacos»?

Antes de cada 12 de diciembre miles de creyentes emprenden un largo viaje para llegar a la Ciudad de México, específicamente a la Basílica de Guadalupe.  En cada rincón de la Ciudad —y me atrevería a decir, en todo México— las iglesias o capillas que tienen una imagen de la guadalupana celebran gustosas su aparición en el cerro del Tepeyac. Podemos escuchar los cánticos y los mariachis en su honor. Podemos saborear los ricos platillos entregados a los peregrinos. Y finalmente, podemos oír y respirar el proyectil explotado en el cielo: los fuegos artificiales. ¡El terror de los perros y del medio ambiente!

El día de la guadalupana es solo un ejemplo del uso de pirotecnia en la Ciudad de México. Tanto el 16 de septiembre, el 24 y 31 de diciembre, así como en las fiestas patronales de los pueblos y barrios originales de la Ciudad de México hay un uso importante de los juegos pirotécnicos. Gabriel Angelotti en su texto Artesanía prohibida, nos comenta que la pirotecnia, entendida como artesanía ritual, no solo tiene como fin marcar el inicio de una festividad o entretener a públicos, sino, reúne a grupos y crea un sentido de comunidad. Ahora nosotros nos preguntamos, ¿qué pasa cuando el uso de esta artesanía entra en conflicto con otras personas al causarles daños, y cuando esta práctica contribuye a la contaminación ambiental?, ¿cómo será la convivencia en la Ciudad de México entre los que están a favor o en contra del uso de pirotecnia? Y ¿qué pasa cuando expresamos nuestros desacuerdos recurriendo a expresiones racistas?

¿Cero pirotecnia o a favor de la artesanía prohibida?

Tanto el gobierno como activistas ambientales han generado una campaña a lo largo de estos años para evitar el uso de pirotecnia. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) comenta en su portal de internet que un cohete explotado en el aire libera monóxido de carbono (CO) y partículas suspendidas (PM2.5) que, en conjunto con las fábricas, los automóviles, la quema de basura y los pocos vientos en la Ciudad de México, generan un Silent Hill de contaminación —es decir, poca visibilidad y sensación de neblina—, los cohetes también crean contaminación auditiva y son un factor de riesgo para personas sensibles.

Fig. 1 Infografía tomada de la cuenta de Twitter de la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México, 31 de diciembre de 2018: Sedema_Cdmx

La relación de usos y costumbres —en este caso pirotecnia—, pueblos originarios y cuidado de medio ambiente ha sido constantemente debatida, porque el gobierno desde hace mucho ha intentado normar esta práctica, en su momento a través de la Ley de Armas y Explosivos de 1972 que comprendía el Distrito Federal y los Estados, y ahora específicamente a través de la Ley de la Cultura Cívica de la Ciudad de México.

La semana pasada el Congreso de la Ciudad de México solicitó a la Jefa de Gobierno y presidentes municipales de las 16 alcaldías prohibir y sancionar el uso de cohetes y fuegos artificiales. Los argumentos fueron: daños a la calidad el aire y posible contingencia ambiental, así como afectaciones de salud a las personas, que van desde problemas respiratorios y contaminación auditiva, hasta quemaduras. Nosotros podemos preguntarnos, ¿cómo esta regla de no usar pirotecnia encontrada en el Artículo 28, fracción VII de la Ley de Cultura Cívica de la Ciudad de México entra en conflicto que el derecho de los pueblos originarios de mantener sus usos y costumbres?, ¿habrá que “modernizar” a los pueblos para cooperar con el medio ambiente?, ¿cómo se construirá esta nueva relación?

 

Fig. 2 Imagen tomada de la cuenta de Twitter Congreso de la Ciudad de México, 18 de diciembre de 2019: Congreso_CdMex

¿Se puede ser ambientalista sin ser racista?

Si bien las razones ambientales podrían justificar cualquier comentario o reclamo del público, hay una línea normalizada y delgada en nuestro pensamiento que causa un verdadero conflicto. Esta línea consiste en calificar a poblaciones o grupos de personas que utilizan la pirotecnia como “atrasados”, “poco educados”, “nacos” —o la peor de todas— “indios”. Estas palabras sacan a flote el racismo interiorizado en nuestra cultura y, en lugar de permitir un diálogo, dañan y hacen crecer la asimetría entre la sociedad.

Fig. 3 Imagen tomada de una cuenta de Twitter. Se omitieron datos personales pues el único objetivo es ejemplificar el tipo de mensajes que circulan en redes sociales.

El racismo, como bien define Fernando Navarrete en su libro México Racista: una denuncia, es una forma de distinguir a las personas de acuerdo con sus características físicas respaldadas por supuestas diferencias naturales y biológicas. Estas distinciones crearon relaciones verticales en donde una persona tiene más valor que otra. En México, la relación de racismo/clasismo comenzó con la creación de castas. En estas, algunas personas tenían mejores beneficios económicos y sociales, y poseían un derecho importante: el uso de la palabra para nombrar.

En el México del siglo XXI, no habría “güeros” y “nacos” si antes no se hubiera separado a “españoles”, “criollos”, “mestizos”, “indios”, “negros” y “chinos” bajo el régimen colonial español y luego si el México independiente no hubiera discriminado a estos grupos. Desde hace cinco siglos el poder y el privilegio en nuestro país pertenecen primordialmente a los “blancos” y los que no lo son, o no lo parecen, han sido privados de diversas maneras de sus derechos. (Navarrete, 2018)

Es importante encontrar una forma de comunicación y convivencia que involucre el cuidado del medio ambiente y el respeto por los usos y costumbres de las poblaciones. El ambientalismo que no considera las características culturales y sociales se puede volver un movimiento conservador; y esto no implica que los derechos de personas o animales afectados queden invalidados por cualquier actividad que pueda ser considerada uso y costumbre de otro grupo.

 

Fig. 4 Mercado de San Pablito Tultepec. Imagen tomada de la página en línea sopitas.com

En ningún momento propongo restringir expresiones de disconformidad con los fuegos artificiales utilizados en las fiestas decembrinas, patronales o carnavales. Solo pongo a reflexión los razonamientos racistas y clasistas que se utilizan para decir que algo que el enunciante piensa, está por encima de los otros; que él tiene de su lado “el razonamiento” o “la sensatez”, y los otros son unos “atrasados” que necesitan entrar a esta dinámica del cuidado del medio ambiente del siglo XXI: modernizarse.

La Ciudad de México necesita un respiro limpio, es un hecho. Pero también es un hecho que la pirotecnia no es la única responsable, y que finalmente todos tenemos que contribuir, exigiendo o actuando individualmente para la convivencia en esta enorme ciudad. Espero que la construcción de estas nuevas normativas quede fuera de estereotipos como “atrasados” y “modernos”, de “gente bien” y “de gente naca”, “indios” y “civilizados”.

Referencias:

  • La imagen de portada fue tomada de la página Chilango Feria de la pirotecnia Tultepec
  • Navarrete Federico, México racista: una denuncia, Ed. Grijalbo, México, 2018.
  • Gabriel Angelotti Pasteur, Artesanía prohibida. Zamora: El Colegio deMichoacán, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Instituto Nacional de Antropología e Historia y Universidad Autónoma de Yucatán, 2004.

 

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