Turbulencia: los baches del cielo

 

La turbulencia no es un monstruo oculto en las nubes, sino el vaivén natural del aire que sostiene a los aviones.

Si alguna vez te has subido a un avión, seguro has temido esa escena de película en la que, de repente, el avión comienza a sacudirse violentamente, los pasajeros gritan y parece que caerá en picada. Pero… ¡Alto! ¿Tienes idea de por qué el avión se movió tan súbitamente? Tal vez te has preguntado cómo el aire, las nubes, la presión o cualquier otra cosa presente en el cielo podría afectar a un avión. Si quieres descubrirlo, sigue leyendo…

Es sencillo imaginar el peligro si lo comparamos con viajar por carretera, siempre estás atento a los baches o a que un animal se cruce inesperadamente. En el aire pasa algo parecido: los pilotos deben estar pendientes de “baches atmosféricos” que no siempre son visibles.

De acuerdo con el Informe de Seguridad Operacional de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), “las turbulencias son consideradas riesgos de seguridad operacional global, ya que predominan entre los tipos de accidentes e incidentes graves más frecuentes en todas las regiones de la OACI”.

Para comprenderlos mejor, necesitamos mirar de cerca a la meteorología aeronáutica, la disciplina que estudia todos los fenómenos que afectan a las aeronaves. Y uno de los más comunes, y temidos por los pasajeros, es la turbulencia.

El aire se mueve constantemente en distintas direcciones y con diferentes intensidades. Los meteorólogos suelen describirlo con el movimiento de partículas invisibles. Si pudiéramos seguir una partícula de aire, veríamos que a veces avanza suavemente en una dirección, pero otras ascienden o desciende como si diera pequeños saltos. Cuando se mezclan de manera desordenada, aparece la turbulencia. En otras palabras, un movimiento irregular que puede ir desde pequeños “baches” hasta sacudidas severas que ponen a prueba el avión.

Existen varios tipos, entre las más comunes:

Turbulencia Mecánica: cuando el viento encuentra obstáculos y produce remolinos.

Onda de Montaña: cuando el flujo de aire forma grandes remolinos detrás de las montañas.

Turbulencia por Calentamiento Diferencial: debida al calentamiento desigual entre el mar y la tierra.

Turbulencia de aire Claro: la más peligrosa porque no presenta señales visibles y suele estar asociada a corrientes en chorro, aparece de forma tan repentina que los pasajeros y tripulación apenas tienen tiempo de abrocharse el cinturón.

El viento es un factor clave para saber si tendremos un viaje tranquilo o uno turbulento. No hay que alarmarse: no en todos los vuelos se experimenta la misma intensidad y, además, los aviones cuentan con radares que detectan cambios en la velocidad del aire hasta 16 kilómetros de distancia. De esta manera, los pilotos pueden anticiparse y atravesar la turbulencia con seguridad.

Ahora bien, ¿por qué entonces nos asusta tanto? Tal vez porque en tierra sentimos que tenemos cierto control sobre los baches, pero en el aire, a 10 kilómetros de altura, esa sacudida nos recuerda lo vulnerables que somos. La turbulencia, más allá de ser un fenómeno atmosférico, es también un recordatorio de nuestra fragilidad.

La ciencia respalda esta percepción. De hecho, estudios recientes —como uno publicado en Journal of Geophysical Research: Atmospheres en 2024— señalan que, con el cambio climático, la turbulencia severa podría volverse más frecuente en ciertas regiones. Esto no significa que volar vaya a volverse peligroso, pero sí que mantenernos informados y atentos a estos fenómenos será cada vez más importante para garantizar viajes seguros y conscientes.

Así que la próxima vez que el avión se sacuda, recuerda: no es el fin del mundo, es simplemente la atmósfera recordándonos que el aire también tiene sus propios “baches”.

 

Foto de ala de avión en vuelo. Fuente: Unsplash.